“Abrir Puertas” – el diario secreto de Benekly

Ajá, así los quería agarrar. Hoy inauguro la colección de cuentos místicos con este clásico jurásico. La verdad es que lo tengo hace un montón y creo que llegó la hora de compartirlo. Mi idea es algún día filmarlo, pero lo que tengo pensado es muy distinto a como está armado aquí abajo y la verdad es que le agarré cariño a esta versión. Así que, damas y caballeros, con ustedes…

“Abrir Puertas”

Armario.

Armario grande, que pareciera que se come la habitación. Armario chico, pequeño, subestimado, que contiene los mejores y más preciados tesoros. Armario de pared, seguro de sí mismo. Armario movible, indeciso que no sabe dónde colocarse para lucirse. Armario elegante que a simple vista no quepan dudas. Armario complicado. Armario viejo. Armario divertido. Armario de cuatro puertas. Armario de diez puertas.

Sí, armario. Pensá un segundo en esa palabra. La usas todo el tiempo y estoy seguro que nunca te la pusiste a analizar. Te dejo otra: closet.

Usá ese cerebro, dale. No seas vago y saltees el párrafo. Yo te espero, así que tranquilo.

¿Listo? Seguro ni lo pensaste y estás esperando que yo te lo diga o que termine con esta boludes.

Arma-rio. No es curioso que “arma” remita a un objeto destructivo y esté unida a una llena de vida como es reír? ¿Y que en ese contraste se genere el lugar físico donde guardamos nuestras pertenencias? Y a la vez, la misma palabra lleve al verbo armar, el lugar donde se arman las piezas que nos construyen como seres vivos.

¿Y close-set? Close en inglés significa cercano, set es un conjunto de cosas, es decir, el lugar donde guardamos nuestras cosas más cercanas, las que queremos tener cerquita nuestro. Pero también close en inglés significa cerrado, puertas cerradas a nuestras pertenencias, a eso que queremos guardar y mantener oculto, a eso que refleja quienes somos.

Woo, no te esperabas una reflexión así, eh. Yo tampoco.

Esta es la historia que le pasó al amigo del amigo del hermano de mi tío (¿Qué también sería mi tío…?)  primo del hijo de Ezequiel ( Ese que él no importa)…ponele.

No, bueno, puede que ese sea yo.

Sí, esta es mi historia y como toda historia es la historia de un cambio. Cambio dentro de mí pero que como resultado también se proyectó hacia afuera. Ojo, esta no es una gran historia, ningún best seller. No me siento mal por eso, al contrario, porque es mi historia, puramente mía.

Siempre sentí que no pertenezco con el resto de los armarios, no sé si es porque soy especial (o eso quiero creer) pero siento que mis cajones no encajan en otros armarios…será algo de fábrica… por eso me gusta estar solo. Soy bastante desconfiado, eso sí. De chico me dijeron que con la raza humana había que tener las astillas preparadas, porque ni bien te descuidas, te quedas sin percha. Y yo tan cabeza dura no quise hacerles caso, me era inimaginable desconfiar de criaturas tan perfectas. Fui demasiado bueno (para no admitir que soy un pelotudo) pero confié a ciegas y fui prestando mis cosas, y de a poco todo lo que valía la pena en mí desapareció o terminó destrozado. No tienen ningún cuidado con lo ajeno. Encima que los visto, cuido, abrigo… Llegué al punto en que me puse agresivo, ojo no piensen que detrás de eso había dolor de traición y decepción, porque no. Ellos respondieron igual o peor. Yo solo buscaba defenderme, pero ellos con su idea de ser superior a cualquier elemento creado quisieron pisotearme para demostrarlo. Sí antes me quejaba de estar vacío, ahora era el Sahara. Risas burlonas de ellos por doquier, al no tener que ofrecer y haber ocultado lo poco que me quedaba. Fui cerrando mis puertas de a poco, cada vez eran menos los que se animaban o apostaban a abrir mis puertas en mi rincón desolado. No sé bien cuando me terminé cerrando, cubriéndome con cadenas, jurando no volver a abrirme nunca más.

Bueno ya, por ahí si estaba un poco lastimado, pero solo un poco.

Los años pasaron volando, bah, en verdad no sé si pasó mucho tiempo, pero fue impresionante como de la nada me envejecí, así de un día para otro. Mi madera se destruyó y agrietó. Perdí luz… me oscurecí rápido. Dejé que la humedad se apoderara de mí. Con el tiempo quise volver a abrirme, al ver a mis compañeros como se lucían y se veían felices entregando todo lo que tenían a los humanos, cumpliendo su función de ser armarios. Sentía envidia y curiosidad a la vez, pero por más que intentaba no podía volver a abrirme.  Creía que ya nadie me iba a querer así, que no servía para nada, que no podía competir con los demás armarios, que ya no era más que madera vieja, fea y arruinada. Me olvidé de quien era, de cómo relucía, ahora solo era cadena y polvo. Estaba congelado, nada vibraba en mí y los minutos se hacían eternos.

Me rendí al punto de hacerme creer que perdí la llave, aunque sabía muy bien en qué lugar apreciado se encontraba. Era todo miedo y desesperación. Odio a mí mismo por no ser como los demás armarios, abiertos de par a par y llenos de cosas para dar. Quería ser apreciado o amado por alguien, pero sabía que ya nunca iba a suceder, que iba a ser imposible ser el que era antes o más como el resto de los armarios. Ya nada tenía sentido. Estaba resignado cuando sucedió algo insólito. Y es acá donde se pone interesante.

Un día sentí que alguien se acercó. Se detuvo frente mío contemplándome, a una distancia moderada. No tuve ganas de detenerme a mirarlo, al pensar que era alguien más que venía a molestarme o que estaba perdido. Me llamó la atención que pasaba el rato y todavía sentía que estaba ahí, contemplándome sin hacer nada, a la misma distancia.

Decidí ver quien era que perturbaba mi espacio. Porque todo bien que el aire es libre pero ubícate. Algo en mí se inquietó al encontrarme con su rostro. Me miraba fijo y guardaba algo en su mirada intensa que me dio un batallón de sentimientos. Sentí pánico. Pánico de todos esos sentimientos encontrados. Pánico de volver a sentir, vibrar.

Pero no podía quitarle la mirada a esos ojos que respiraban briza de verano. Sonrió con un dejo de picardía. Interpreté que podía escuchar mis pensamientos. No recordaba una sonrisa tan sincera y franca. Sentí que me miraba en lo profundo y que en ese profundo era capaz de quererme. Lo peor es que fue reconfrontante, tanta fue, que sopló una extraña paz.

Entre en éxtasis y no noté que se acercó. Fue demasiado sigiloso para mi gusto.

Me distancié de golpe del estado estúpido en el que estaba cuando lo vi sacar una llave. Increíble mi distracción. Pará, esa era mi llave. ¿Eh? Sí, mi llave. ¿Qué onda? ¿Dónde había hecho una réplica? ¿Cómo es posible si yo la tenía guardada en…? Ajá…no estaba más ahí.

Entré más en miedo (si era posible, un ser extraño tenía una llave mía que era imposible de tener, a ver, ¡explicame eso!). Con cuidado abrió mis cadenas. Me fui desesperando, pero la sensación de calidez en sus manos sobre mi madera fría me trajo perturbación y tranquilidad. ¿¡Qué hacía?! Estaba abriendo mis puertas. ¡Tupe! Me estaba engañando, era obvio que me quería lastimar como los demás. Pero… ¿por qué a mí? ¿por qué yo?

¿Quién era? ¿Qué quería? ¿No veía que no servía de nada? ¿Para qué me quería joder? Así millones de preguntas en un microsegundo me invadieron, mientras él con su mirada me pedía que me calmara, que confiara. Su sigilosidad y tranquilidad me volvieron aún más de malhumor, llenándome de bronca. (O sea entiendan, mi llave, sonrisa que me llenaba de éxtasis, y con sus altos ojos me HABLABA y pedía que confiara. Cagaso. Y tupe de  invadir mi espacio)  Me molesté de golpe con su presencia, cuando con toda la delicadeza comenzó a buscar entusiasmado algo mi interior.

Furioso le comencé a gritar, pero no se inmutaba de su tarea, como si no me escuchara. Infeliz sordo, te comunicas por telequinesis, ¡¿ y no me escuchas?!. Buscó y buscó hasta que lo encontró lleno de júbilo. Era mi lamparita. ¿Por qué la buscaba y lo ponía tan feliz? La limpio y la arregló, era pequeña pero brindaba un calorcito que hace mucho no sentía. Siguió por ordenar y tallar mi madera destruida. ¡¿Ahora resulta que es carpintero?! Ahí reaccioné y al ver que no me escuchaba comencé a resistirme. Le pegué un cajonazo cuando intentó tocar uno de ellos. Me sorprendí que ni se inmutó, como si lo estuviera esperando, y continuó sin miedo alguno. Abrió ese cajón y se deshizo de una caja oscura, llena de tierra y suciedad. No puedo describirlo pero en el segundo en que la tiró, sentí como si una carga pesada se liberó de mí (y no me refiero a solo físicamente) Talló y siguió tallando. Por fuera, por dentro, por los costados. Sacó e hizo relucir cosas que no veía hace décadas o que no me acordaba que existían. Entre ello había un sweater que wow, me acuerdo que era el favorito de la gente, creía que me lo habían robado pero ahí estaba intacto, como nuevo. Así fue como por arte de magia, las cosas fueron reproduciéndose y agrandándose como pochoclos en microondas. Se reinventó mi interior de una manera que pensé que ya nunca iba a ser posible. Me fui llenando de cosas, él perfumó mi interior. Mi nuevo y lúcido look llamó la atención de varios, que vinieron sin previo aviso sorprendidos de la maravilla que había en mi interior. Por primera vez en mucho tiempo me llené de vida. Encantados los humanos probaron mis cosas y llamaron a sus vecinos, y los vecinos a sus vecinos. Todavía en shock de que esto era real, me alarmé, temí que me lastimaran de nuevo. Esperé la primera decepción, esperé que me robaran y destruyeran. O sea todo era para desconfiar. Demasiado bueno para ser real. Pero no fue así, al contrario, me multipliqué hasta desbordar. Los humanos me confiaron y entregaron sus cosas y se armó una cadena de favores. Mi pequeña luz se iba agrandando de a poco a medida que dejaba mis cosas al uso de los humanos, me daba un brillo especial.

Ya tenía una gran comunidad de gente vistiéndose, luciéndose, y embelleciéndose gracias a mí. Bueno… también a esa misteriosa persona. La quise buscar entre la gente,  el dueño de mi llave, pero no lo vi más. No entendía qué había pasado pero sentí un ardor y una paz que jamás había experimentado, o ya no me acordaba. Vi mi simpleza exterior enaltecida por mi complejidad y multitud de compartimentos en mi interior que nunca experimenté. No pensé que en mi destrucción total podía resucitar y ser yo otra vez. No pensé que podía volver a enamorarme de mí.

En el  momento en que esa llama estaba por incendiar mi armario de madera, pasó lo que siempre había sospechado: no leer la letra chiquita del contrato. Volví a caer en la realidad de mi vida, y salir de ese sueño en el que me había emergido no recordaba cómo.

Lo que pasó fue que cada vez pusieron carga más pesada y ahí de golpe todo se desmoronó. Exigían más de lo que podía ofrecerles, se contagiaron el sentimiento y se quisieron apoderar de mí, unos contra otros, intentando pertenecerme. Buscaban que yo sea otro tipo de armario, más abarcativo, más grande, es decir…distinto. No me aceptaban como era, y yo me quejé de mis limitaciones.

Quitaron mi libertad, lucharon por robarse mis cosas. Algunos me escupían y humillaban. Todo se volvía a repetir otra vez. Cajonée, puerteé, tiré clavos y astillas. Tuve mucho miedo de perder todo otra vez. Mi luz se fue extinguiendo.

Lloré y busqué desesperado a aquella persona que me había rescatado antes. Me sentí abandonado, llegando a pensar que esa persona nunca existió. Volvía a cerrar mis puertas cuando sentí su calidez en mí. No noté su presencia pero volvió a encender mi luz, no con la misma intensidad que antes. Me quiso curar pero me negué. Lo rechacé y lo maldije. ¿Que se creía? Lo necesitaba y no apareció.

Esta vez no fue que no le importó. Me respetó, veía en sus ojos que se moría de ganas por ir a mi encuentro. Se quedó ahí esperándome, mientras se interponía entre la gente, defendiéndome con su típica suavidad. Me protegía y velaba por mí.

Lo llamé, y lo busqué de nuevo. Sentía necesidad de él y ya no lo podía negar.

Se acercó de inmediato. Fue al centro de mí y sacó de ahí una enorme astilla que nunca me había percatado de que estaba. Volví a respirar, como si aquello que había estado, había germinado el dolor del pasado. Sacar esa astilla fue renacer. Encontrar que yo me estaba lastimando a mí mismo y que él estaba ahí para llenar ese hueco, para curarme, me dio fortaleza. Entendí que no arriesgando no se vive, que hay que vencer la comodidad del encierro y del miedo. Entendí que te lastimen significa estar vivo. Gracias a él comencé a vivir. En su silencio eterno me mostró la gente que me sanaba junto a él, y entendí que hay de todo en la raza humana: que cualquiera te puede lastimar, pero que también cualquiera te puede sanar.  Que puede que algunos no te acepten, que rechacen tus limitaciones, pero hay otros que van más allá de tus cadenas y ven la manera especial que brilla tu luz.

Así entendí que abriendo mis puertas es por lo menos mi manera de lograr ser feliz. Siguen habiendo maltratos, caídas y levantadas, puertas cerradas y puertas abiertas, pero estoy convencido que vale la pena arriesgarse a abrir de par a par las puertas. Cuento siempre que va a estar él para mantener mi luz y sacar mis astillas cualquier cosa. Al fin y al cabo, me llenan más de lo que puedo otorgarles. Es así como quiero a cambiar armario por alma-rio. Ser un río al alma, llenando y llenándome de cosas que nos abrazan, perfuman y embellecen nuestras almas. Y sobre todo hacer reír a las almas.

pd: puede que la versión sufra modificaciones con el correr del tiempo. Gracias por leer!